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Jazz Vilá

“Apunten al cielo”, dice. Una melodía de fondo dicta el ritmo y las pausas. Esta vez ensayan El pequeño, una obra inspirada en El Principito. La mano de Jazz Vilá es la que más se alarga, como en metamorfosis, como si pudiera alcanzar la rosas de un cosmos lejano. Su cuerpo convulsiona.  Colapsa.

Entonces concluye la primera parte del ensayo, y Jazz le pide a sus pupilos un poco de silencio;  una periodista de Havana2GO! quiere entrevistarlo.  

Cuenta que su relación con el arte comenzó a los 14 años, cuando su madre lo matriculó en un taller de actuación en el Teatro Nacional. Al principio, esta sólo era la manera de canalizar su exceso de energía, porque lo que realmente le apasionaba era el comercio y los negocios. Se visualizaba economista. A solo un año de estar en el grupo, tuvo la  oportunidad  de trabajar en Las Huérfanas de la Obrapía, y desde entonces, no solo quedó prendado de la actuación, sino también de todo el proceso creativo.

“Mucha de las nociones que defiendo en el teatro, como espectáculo, son el resultado de un aprendizaje largo. El Teatro El Público, donde estuve varios años tiene, sin dudas, un gran peso en mi manera de hacer.  Pero creo el trabajo, como  asistente de vestuario y de producción en Europa con los Ballets de Montecarlo y la compañía española de Blanca Li, fue el que definió el camino de lo que años después sería Jazz Vilá Projects, así como mi  madurez como actor,  director, productor y dramaturgo”.

Ha llenado los teatros. Ha sentado en las butacas a quienes nunca vieron en las tablas una opción de entretenimiento. Su teatro es comercial, lo admite, pero sus tres obras más conocida (Eclipse, Rascacielos y Farándula) han roto récords de venta, se han mantenido a sala llena durante todas las presentaciones y superan con creces al resto de las obras en programación.  Su teatro es comercial y polémico, pero, como el mismo dice,  funciona.

“Me nutro mucho de las obras de Héctor Quintero, las que hablaban en su momento de cubanía y cotidianidad. Ahora  necesitamos un arte contemporáneo capaz de sumar al pueblo, de educarlo con sutileza, con buenas obras, pero entendibles y entretenidas. Si nuestra generación está hoy tan alejada del arte, principalmente del teatro,  es porque de alguna manera hemos sido inflexibles y no hemos experimentado nuevas formas. Por eso intento rescatar el discurso de clásicos como  Andoba, Te sigo esperando y Contigo pan y cebolla, y también de darle un toque más universal a mis creaciones para no limitarlas espacialmente.”

Con Farándula, en cartelera desde principios de marzo,  Jazz se ha burlado de los imposibles. Rescató del olvido a los dos monolitos que quedan en el país. Estos, usados  por última vez hace 27 años, ahora publicitan la obra en la calle Línea, uno en Paseo y otro en G. Pero a Jazz, no le basta con los monolitos, ni con la inundación de aplausos y público en las salas habaneras; también trajo al teatro la bendición del agua y, sin querer, lo purificó.

Fue en la  Sala Adolfo Llauradó de la Casona de Línea donde, durante un minuto, la lluvia sorprendió a los espectadores. “La escena estaba en Farándula. Quería que fuera real, que el público se llenara de esa energía. Para lograrlo tuvimos que instalar todo un sistema hidráulico. Farándula se presenta desde hace algunas semanas en el Teatro Arenal, pero  hasta allí no hemos podido llevar la lluvia.” 

Una vez más comenzaba el ensayo. “Apunten al cielo, divisen la estrella, sientan el latir, sean el pálpito”.  La mano vuelve a estirase, y hay que tenerle fe a la mano, porque está poseída y, ha hecho del teatro contemporáneo un receptáculo de miradas.

Fotos: Cortesía del Artista

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