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Penélope: Daniel Collazo

A La Habana se le ama o se le odia. No es una ciudad de términos medios. Populosa, ruidosa, barroca, heterogénea, en ella concurren todas las voces y colores. Pasado, presente y futuro se entremezclan en una suerte de amalgama histórica imposible de aprehender en toda su dimensión. La Habana no es una ciudad para ser comprendida. Todo intento de encontrar alguna lógica choca frontalmente con la algarabía de una urbe que nunca se detiene, a pesar de las falsas apariencias. No obstante a ello, el empeño del arte cubano por atrapar el espíritu de la capital cubana ha estado presente como una constante en la historia del arte nacional desde que, en el siglo XIX, el grabado comenzase a prestar interés por la representación de sus calles y plazas más significativas. La contemporaneidad no es ajena tampoco a esta especie de atracción fatal que parece ejercer la ciudad sobre los artistas. Este es el caso de Daniel Rodríguez Collazo, quien a pesar de no haber nacido entre los muros virtuales de una ciudad expandida, ha hecho suyo el latir convulso de la urbe que acoge sus pasos y su creación.

La Habana de Daniel se compone de visiones fragmentadas, metáforas, ambientes difuminados, vistas aéreas y acercamientos oportunos. Su vista se recrea, fundamentalmente, en los altos edificios típicos del “International Style” del Vedado, los cuales han contribuido, sin duda, a conformar el skyline de este afamado barrio habanero. La interacción de Daniel con la arquitectura es compleja debido a los múltiples aspectos que intervienen en su representación de la ciudad. Si bien por un lado la recreación rigurosa de cada línea, de cada detalle que conforma los edificios es una constante en la mayoría de sus obras, por otro el artista yuxtapone toda una serie de elementos que anulan la visión hiperrealista y recrean otros mundos ajenos a la mera objetividad. Más allá de la representación en sí misma -exacta, precisa, que hace uso de una técnica como el carboncillo para obras de gran formato, algo no muy habitual-, lo interesante en la obra de Daniel es la atmósfera que envuelve la ciudad y sus edificaciones, ese halo perturbador que subvierte la faz de la urbe y conduce al espectador a un estrato interior, físico y mental, en el cual la ciudad no es más que la proyección de nuestros propios cuerpos, anhelos, deseos e insatisfacciones. 

La simbiosis entre el hormigón y elementos biológicos como músculos o microorganismos es la protagonista de una serie que asume la idea de la ciudad como ente vivo, en una especie de estudio morfológico con tintes surrealistas. En otros trabajos, Daniel trasciende la esfera terrestre y descompone la arquitectura para integrarla en el paisaje lunar. Más recientemente, sus estudios fotogénicos trastornan la apariencia real de las edificaciones mediante el uso de transparencias, yuxtaposiciones y veladuras. La Habana del artista es, en todos los casos, una urbe donde la existencia del ser humano, creador y habitante por excelencia de la ciudad, ha sido sugerida mediante su acción transformadora, más que por su presencia física. Si en primera instancia podemos pensar en una ciudad deshabitada, congelada en imágenes estáticas y monocromas, muy pronto la Habana de Daniel se revela, ante la mirada del espectador atento, como un fenómeno repleto de matices.

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